Todo empezó en 1999, una cocina sencilla pero honesta, como la que siempre viví en casa.
Sin carta, solo con un menú único, primero por necesidad…y pronto por convicción.
Mi idea de cocinar tiene claras raíces: el cuidado por el producto, el respeto por el oficio y esa capacidad de hacer magia con casi nada. Así me lo transmitió Rosalía, mi madre. Hoy, sin darme cuenta, sigue presente en cada plato: su intuición, su elegancia, su manera de hacer —sin exceso y sin ruido— fué su mayor legado.
Me atrevería a definir mi manera de entender la cocina como algo nada casual cuando todo importa. Precisión, alma y gracia en cada plato, junto a nuestra casi inagotable despensa.